Dentro del granero, en el centro de todas las cosas, no hay más que una sórdida sonrisa.
Partamos del hecho irrefutable de que, sí, hace ya varios años (en doloroso plural) que leí esta obra. Más concretamente hace ya varios años que leí el final de esta obra, pues su lectura en conjunto capitalizó buena parte de mis lecturas durante casi 5 años. Y no, siendo completamente honestos, no me acuerdo exactamente de qué pasa ni de cómo acaba la historia, pero tras todos estos años aún puedo recordar cómo me hacía sentir al leerla. Y creo que eso dice muchísimo de la obra y de sus autores, mucho más que si os contase que al final el sacerdote resulta ser el padre del chaval y le pegaba de pequeño (ojo que no sé si es un spoiler o no, porque genuinamente no me acuerdo de estos detalles, pero, yo que sé, podría ser, ¿no?).
Este cómic comencé a leerlo hace tanto tiempo que casi parece otra vida, su lectura me acompañó durante dos mudanzas transoceánicas (fue a Inglaterra, técnicamente hay un océano de por medio, me gusta ser dramático sin necesidad), una pandemia mundial y lo que quiera que sea esto que ha venido después. Pero no exagero en absoluto si os confieso que aún recuerdo la excitación que me producía ir cada mes a por una nueva entrega de esta historia. Cada nuevo arco, cada cliffhanger, cada secuencia psicotrópica sinestésicamente dibujada por Andrea Sorrentino, cada aparición de esa maldita sonrisa, las tengo grabadas a fuego en alguna parte de mi subconsciente.

Alguna otra vez ya he hablado de lo difícil que me resulta plasmar el terror en el cómic (y si no me creéis, podéis leerlo aquí), y es cierto que las viñetas de Gideon Falls nunca llegaron a producirme miedo como tal, pero sí es una historia que siempre te genera ese malestar que se manifiesta de forma casi física cuando sientes que hay algo más allá de lo que estás viendo en la página, que, por así decirlo, hay algo impreso en esos bloques de tinta negra tan característicos de Sorrentino, algo oculto que te mira desde el centro de todo, que te observa, que de alguna manera te presiona, te ahoga. Esa sensación que me vuelve al recordar ahora, repito, mucho tiempo después, los pasajes más desagradables y confrontacionales de Gideon Falls.
Esta obra la leí antes incluso de descubrir mi fascinación por James Tynion IV, antes de que existiesen muchas de las series que, a día de hoy, se han convertido en algunos de mis relatos favoritos del medio. Y, en retrospectiva, siento que este tebeo fue la piedra angular de todo eso, de mi redescubierto afán por el terror, un género del que, hasta entonces, había renegado, y de mi cada vez más desarrollado interés por la ciencia ficción, el terror cósmico, la bibliografía de H. P. Lovecraft y todo aquello que rezume aroma a ocultismo y deidades venidas de más allá del espacio y el tiempo. Así que sí, en resumen podría decirse que, para mí, Gideon Falls ha sido de esas lecturas que te cambian la vida.

Por hablar un poco del cómic en sí, o de lo que me acuerdo, es un batiburillo de géneros literarios que convergen en un punto común, el terror existencial. Pero a lo largo de los casi 30 números que componen la totalidad de la historia atravesamos arcos argumentales completos enfocados en el thriller rural, la paranoia, la teoría de la conspiración o la ciencia ficción con un claro regusto orwelliano y tintes del Blade Runner de Scott Ridley. Aprovechando todo eso para ser capaces de aportar algo verdaderamente fresco a una trama principal que, si lo analizas, no deja de ser una retahíla de los clásicos elementos que encuentras en obras de este tipo, pero hilvanados de una forma tan magistral que hacen que todo el recorrido por la obra sea más que placentero.
Demostrando también que quizá esta fuese la primera obra en la que Lemire y Sorrentino comenzaron a divertirse explorando lo que realmente significa en el terror, combinado todas las ideas y subgéneros que les iban apeteciendo en cada momento y construyendo con todo ello un conjunto, una obra marco, con unos protagonistas definidos y sus relaciones familiares disfuncionales como toda buena obra de Lemire merece, y lo que podríamos catalogar como un “villano” a la altura de cualquier cómic mainstream, y desde luego más impactante e icónico que cualquiera de los que plagaban las páginas de Marvel o DC por aquella época (o en estos años posteriores).

Por ir cerrando, para mí, hace ya mucho tiempo, Gideon Falls fue una lectura de cabecera que cambió por completo mi forma de entender el cómic y me hizo abrirme a todo un océano cultural (cinematográfico, literario, etc.) que hasta entonces siempre me había abrumado demasiado. Además creo que también fue uno de los precursores a esta etapa actual que estamos viviendo del cómic independiente en estados unidos, en las que cada vez más autores deciden montar sus propios sellos editoriales y las temáticas predominantes son el terror, la ciencia ficción y lo sobrenatural.
Para quienes lo leyeseis también en esa época, no sé hasta que punto compartiréis esta experiencia conmigo, o quizá no os tocase tanto como a mí. Para quienes aun no lo hayáis leído, no dejéis que se convierta en uno de esos tomos que va acumulando polvo en las estanterías de una librería, pues este es uno de esos cómics que no deberían caer en el olvido.
Ficha técnica
| Título original | Gideon Falls |
| Autores | Jeff Lemire, Andrea Sorrentino, Dave Stewart |
| Editorial | Astiberri |
| Fecha de publicación | Abril 2019 – Agosto 2021 |
