Balada para Sophie

Compón la partitura de tu vida

En mi vida apenas he tenido nunca talento para nada en concreto. Siempre he admirado y envidiado a esas personas que con naturalidad y apenas esfuerzo eran capaces de hacer cosas increíbles para mí, tales como los deportes, el baile, la interpretación o la música. Esta falta de talento natural he tenido que compensarla con paciencia y esfuerzo, y eso hizo que en un momento de mi vida rozara el éxito de forma moderada en uno de mis mayores pasiones de joven, el Karate. Desde pequeño me vi obligado por mis padres a acudir a clases, sin encontrar ganas ni motivación ninguna en ellas, hasta que con 13 años cambié de maestro a uno que despertó en mí el amor hacia las artes marciales de una forma que nunca imaginé. Los siguientes años, viví disfrutando cada clase o enseñanza que recibía, y aunque no destacara excesivamente en un principio entre el resto de mis compañeros, poco a poco la pasión y esfuerzo que ponía en los que hacía fue dando sus frutos.

Con 17 años tuve la oportunidad de presentarme al campeonato de Madrid de Karate, y sin saber cómo me encontré en la final, algo que ni siquiera había soñado años anteriores. El desenlace es que perdí, y aunque quedar segundo fue un logro increíble, una sensación extraña de no haber estado a la altura en esa final daba vueltas en mi cabeza, como si un piano desafinado sonara constantemente en ella. Y fue David, el que me había vencido y que aún recuerdo 17 años después, el nombre que resonaba sin parar. Por suerte, me anunciaron que iría al campeonato de España en 6 meses. Era el momento de resarcirme, no podía dejar escapar la oportunidad de demostrar que yo podía ser más aun de lo que había mostrado y de que podía vencer a esa persona. Me preparé y me esforcé esos meses siguientes como nunca en mi vida, y en semifinales me volví a cruzar con él. Esta vez el trabajo y esfuerzo dio su resultado y gané, dando mi mejor versión. Después de eso me sentía invencible, una sensación de que podría lograr lo que quisiera me invadió por todo el cuerpo. Que equivocado estaba…

En la final caí contra el campeón de Europa, de forma totalmente ridícula. Hizo conmigo lo que quiso, con un talento increíble que provocó en mi tanta admiración como odio hacia él pero, sobre todo, hacía mí mismo. Supe que daba igual lo que yo entrenara o me esforzara, nunca podría llegar a tener el nivel de esa persona. Y entonces bajé los brazos y me rendí… El siguiente año no me preparé bien, y caí en el primer combate del campeonato, descalificado por golpear de forma ilegal a mi adversario por mi propia frustración. Y me hundí del todo. El deporte que había amado dejo de gustarme todo por mi obsesión de competir, creando en mí una sensación de fracaso cuando lo practicaba y provocando que lo dejara. Por suerte, la vida y las amistades me llevaron por otras pasiones y logros que acabaron con esas horribles emociones. Años más tarde, me doy cuenta de que ganar o perder en el Karate era absurdo, lo importante era el propio arte marcial. Aun así, a menudo me pregunto que hubiera pasado si hubiera seguido alimentando esa obsesión por vencer y ser el mejor.

Y de esto es de los que nos habla esta obra que tanto me ha llegado al alma. A veces, al entrar en nuestra tienda de cómics de cabecera, una extraña melodía que sólo suena en nuestro corazón nos atrae en silencio hacia un cómic que desconocemos. Oculta entre todas las ruidosas novedades de superhéroes que repiten una y otra vez épicas hazañas imposibles en bucles infinitos, cual tema de requetón o trap, tuve la suerte yo de hallar Balada para Sophie. El resto sólo fue música para mí. Llegué con la idea de no gastar nada de dinero, totalmente decidido. Pero, al ver la figura de la portada, nuestro protagonista Julien Dubois, en avanzada edad con su bata, ondeando su cigarro cual batuta de director de orquesta, suspendido en el aire mientras el humo poco a poco se convierte en el teclado de un piano, yo mismo me vi hipnotizado dejándome llevar por una melodía que nadie más oía. El desenlace fue que me vi pagando un cómic del cual no sabía nada, pero que os puedo asegurar ha sido una de las compras más gratificantes que he tenido los últimos años. Y con la satisfacción sumada que tenemos los que amamos este mundillo al descubrir algo que no conocíamos.

Filipe Melo, autor del guion de la obra, nos trae la historia de Julien, considerado el mejor pianista del mundo, que, de mayor y gravemente enfermo, vive encerrado en su mansión sin salir. Periodistas de todo tipo llevan años luchando por entrevistarle y contar la historia de su increíble vida, pero ninguno lo ha conseguido hasta la aparición de Adeline, una joven que se presenta como periodista en prácticas asegurando que no se irá sin entrevistarle. Julien accede, pero sólo si en vez de hablar de él, hablan del que el considera realmente el mejor pianista de la historia, François Samson, con el cual vivió toda una vida en un pulso constante por superarle. Lo demás es sencillamente música, relatándonos una historia compuesta como si de una partitura se tratara, con sus crescendos y descrescendos, y llevando por notas el éxito y el fracaso, la rivalidad y la admiración, pero sobre todo la redención.

Y para tocar esta melodía las manos del gran Juan Cavia, dupla inseparable la que hace con el guionista, siendo esta la tercera obra que publican juntos en Portugal (por favor, traigan aquí ya las otras dos). No sé qué tal tocará el piano este dibujante, pero os aseguro que dibujando es un dios. Con uno estilo que parece casi animación, nos envuelve en cada viñeta sencillamente perfecta, y consiguiendo incluso transmitir los sentimientos de los propios pianistas cuando están tocando. La capacidad del autor de mostrar las pasiones de los personajes es envidiable y algunas de sus páginas os dejaran sin palabras. No necesito insistiros mucho, sencillamente cuando la veáis abrid por cualquier página y deleitaros con esas maravillosas composiciones. Quedaréis atrapados.

No me pongo colorado si os digo que he terminado esta historia llorando, pero no por ello es una obra triste. Cuando algo así ocurre, que terminas de leer emocionado, pero te deja lleno por dentro, y con una sensación tan maravillosa, es genial. Y para muestra el propio guionista, que es también pianista, nos deja al final del tebeo las partituras de la propia Balada de Sophie, la cual podéis encontrar en Youtube o Spotify, y que os recomiendo poneros de fondo mientras leéis este cómic.

Tras terminarla me doy cuenta de que esta historia me ha enseñado que la vida es como una gran pieza que componemos cada uno. Poco a poco vamos buscando nuestra melodía, y aunque a veces no demos con la nota adecuada, llenemos la partitura de tachones, o pensemos que no es la composición perfecta, sigue siendo nuestra obra y depende de nosotros alejar todo el ruido y aprender a escucharla. Tal vez, si nos paramos a oírla bien, podremos darnos cuenta de que somos unos geniales compositores.

Ficha técnica

Título originalBallad For Sophie
AutoresFilipe Melo, Juan Cavia
EditorialNorma Editorial
Fecha de publicaciónNoviembre 2021

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