Canto: Si Tan Solo Tuviera Un Corazón

Dónde el corazón nos lleve

“Nos son arrebatados nuestros corazones antes de que siquiera sepamos qué son, y son reemplazados por relojes”

Si esta pasada y opresiva cuarentena de ya, afortunadamente, algo más de dos años tuvo algún efecto positivo en mí, fue la vuelta a los libros. Por fin. Y es que han sido demasiados años sin coger ninguno y devorarlo de principio a fin. Pero sabía que pese a que es una pasión más que un simple hobby, necesitaba ese empujoncito interior a modo de tratamiento para lanzarme de cabeza y no tímidamente. Devoraba cómics pero a ellos les tenía acumulando polvo y releer como punto de partida el Maravilloso Mago de Oz, fue mi psicólogo, mi terapia y mis 12 pasos. Gracias Dorothy. Gracias Totó. Como en Oz, todo está conectado.

Todo arranca con los seguros cimientos de los cuentos clásicos. Tirando por un camino sin escollos que saltar, sin prisa pero sin pausa y que cuando acabas de leerlo, te das cuenta que David Booher ha sabido medir los tiempos, dotando al menú con una ingente cantidad de comida, excesiva pero que hemos sabido tragar sin necesidad de líquidos, incluso de pararnos a masticar y degustarlo. Aunque admito que deformar la historia del Maravilloso Mago Oz le había hecho ganar la partida antes de empezarla. Por goleada. Soy débil y el cuento de L. Frank Baum es mi mayor debilidad literaria.

La historia se alimenta de la ferviente imaginación de cientos y cientos de escritores, y ese batiburrillo funciona mejor de lo esperado. Booher coge de aquí y de allá para moldear su propia historia con retales de otros y, aunque todo funciona con tópicos arquetípicos de la fantasía, recorrer las tierras más allá de Arcana junto a Canto, llegar a la ciudad de Dis y a la torre esmeralda con las extrañas alianzas y amenazas inesperadas que suelen alimentar este tipo de relatos, será del agrado de muchos. Tiene su propia tortuga Morla, sabios que contestan preguntas no formuladas y vomitan incógnitascomo el respirar mientras que los caminos no están exentos de peligros por culpa de los voraces Uruk-hai, o de sus primos lejanos.

Dicen que el amor mueve montañas y, en este caso, es el auténtico motor de nuestro personaje. No le hagáis caso literal al cómic ni a sus mecanismos y engranajes. No. No es un reloj artificial de piezas reemplazables ni de artilugios que, una vez dejan de cumplir su función, son arrojados a los hornos para que el fuego destructor haga su trabajo y borre lo que un día existió. Esa es una distracción dramática del cómic. El amor puro y verdadero que gritan a los cuatro vientos las fábulas con moraleja y las leyendas, ese amor es lo que importa. Y el guionista de Cleveland no esconde ese escaparate, al contrario, presume de ello por ser tan evidente como apropiado.

Su valor surgirá del miedo por encima del coraje. Pero de ese miedo que te hace ir hacia delante con un cuento dentro del propio cuento, que iremos leyendo de fondo y que gana tanto protagonismo que, al final, acaba perdiendo significado. Contradictorio y confuso pero que no deja de ser una pieza más que acabará encajando. Ese miedo le hará avanzar en la épica y su recorrido personificará, nuevamente, todos los tópicos de los héroes clásicos. Aunque viaje, sólo hay un poco de Frodo en él y pese a no tener un hogar al que regresar, tiene un poco de Ulises. De ese héroe que se ha quedado sin opciones y sólo tiene un camino marcado por la propia vida.

Sabía que no podría ser imparcial con Canto. Me encanta la fantasía, la épica, la búsqueda de la resplandeciente verdad frente a la oscuridad. El Señor de los Anillos de Tolkien me llegó en el momento que más lo necesité y la experiencia de leerlo junto a mis compañeros de instituto mientras comentábamos el capítulo al día siguiente en clase, reforzó con adamantium mi pasión por los libros. Si a todo esto le sumamos que me enamoré perdidamente de una chiquilla angelical llamada Judy Garland en el papel de Dorothy en ese clásico del cine de 1939… ¿Qué más necesitaba? Me da lo que me gusta, me lo da bien y, aunque peque de egoísta, me es suficiente.

Y siguiendo con mi particular lista de elogios pomposos y nostálgicos, el dibujo y, sobre todo, el color entran en escena. Preciosos ambos, ayudaban sobremanera al guión, ¿Habéis leído todas las alabanzas hacía el guión? Sin el dibujo de Drew Zucker y el color de Vittorio Astone no habría alcanzado esa notoriedad fantástica y épica y se habría quedado, quizá, en una obra menos notoria. El trazo grueso de Zucker le da al dibujo una fuerza tremenda, reforzado por unos diseños dignos del mejor Jim Henson en los que Astone, como buen artista italiano, arrastra esa plasticidad europea con unos colores texturizados y unos claroscuros donde da a los fondos mucho protagonismo. Un combo de ensueño.

Canto es un perfecto homenaje a tantos y tantos cuentos de final feliz y caminos tortuosos donde el héroe aprende conforme más tropiezos se cruzan en su camino. Quizá no tan original en su desarrollo pero con un mensaje tan elemental, universal e idílico que, de una forma u otra y nos guste o no, seguirá arraigando en muchísimas de las historias venideras. Y es que hay inspiraciones que surgen de la pluma que permanecerán impertérritas y esta historia, amigos míos, es sólo el principio de nuestro pequeño y metálico personaje.

Esta reseña, modificada y actualizada, formó parte originalmente de Zona Zhero.

Ficha técnica

Título originalCanto: If I Only Had a Heart #1-6
AutoresDavid M. Booher, Drew Zucker
EditorialTengu Ediciones
Fecha de publicaciónJulio 2022

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