Aniquilador

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Érase una vez en… Hollywood según Morrison

Como dijo Kevin Spacey en 1995 en la genial Seven, y volvió a usar como introducción de El Show de Truman, El Chojin en 2004 en su maqueta Rap por Placer “no soy especial, nunca me he creído excepcional” y así me he sentido sin necesidad de menospreciarme, en absoluto. Soy conocedor de mis limitaciones y mis miedos. O eso creía saber hasta que consiguieron enterrarme de tal forma, que no supe cómo salir y cometí el error de elegir el camino fácil de no luchar. ¿Para qué si no era nadie especial? Pero, el tiempo tiene la virtud de que, aunque es lento y pesado, pone cada cosa en su sitio, la recoloca, la cambia si es necesario pese a que sufrimos en el proceso, y todo es por un bien mayor, elevado muy por encima del individuo pero que afecta al mismo. ¡Ja, Morrison, toma conexión con tu cómic, maldito escocés!

Y aquí estoy, escribiendo otra vez mientras me tiemblan las manos en un maldito huracán de dudas, mientras busco la tierra de Oz en mi familia Invencible, abrazando ese sentimiento de confianza que tienen en mí y les convierte en más seres de luz de lo que yo alguna vez pude haber sido según otros. Dejar el cómic a medias, tomar apuntes, borrar, volver a escribir o incluso especular con lo que creo que quiere decir el autor sin haberme leído el final para luego borrarlo –spoiler: he borrado dos párrafos tras leer el final– eran pasos fáciles, que conseguí aceptar como míos y que ahora tengo que reaprender y además con Grant Morrison de por medio. Si tengo que volver a escena que sea en el Carnegie Hall, que no se diga.

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A ver, una historia dentro de otra historia. Un argumento que supura otro y que se mezcla, se diluye y se escupen mutuamente. Morrison sabe jugar con la grandiosidad del universo como pilar. Quizá uno que ya sostiene demasiadas de sus historias, pero que siguen funcionando como «ese maestro de la narración exorcizando su mente inquieta y su imaginación inquietante», como lo describe Christopher Meloni en la introducción del tomo al contar cuando lo conoció en el rodaje de Happy! El guionista escocés aplasta la realidad, la moldea (o más bien la pervierte) para volver a destrozarla y te confunde, pero sabe mantener un hilo conductor fuerte y sostenible.

Pese a sus excentricidades cósmicas y a personajes totalmente destrozados por dentro y por fuera, sabe moverse por el mainstream. Le gusta tener esas pinceladas de cordura en la historia que pese a oler a malformación, a quiste desolador, tiene pinceladas a La Historia Interminable pero más oscura y putrefacta, a una versión desgranada de El Resplandor o la asfixiante Alien (como bien se encarga de mencionar él mismo en el cómic) mientras que a su vez sabe tirar de intencionalidad clásica y así no dejar atrás al lector.

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¿Estamos ante otro Fausto del siglo XXI? ¿De la presencia del diablo como anhelo de nuestros mayores deseos o es otra excusa, otro velo de Grant Morrison para maquillar de normalidad  un complejo conjunto de ideas demasiado complicadas y obsesiones del ser humano? Nunca lo sabremos, y ahí es donde radica la magia y la genialidad del guionista escocés, escriba lo que escriba, en su facilidad para decirnos que este síncope, este dolor punzante en la cabeza es disfrutable, bonito e incluso esperanzador como el regreso de Frodo tras dejar atrás el Monte del Destino y ahí nosotros como cachorritos vamos moviendo la cola tras él.

El guionista nos habla de obsesión, drogas, de la toxicidad hecha carne y órganos y todo al más alto nivel de destrucción personal mientras los fuegos artificiales intentan arreglar una historia que quizá nunca estuvo rota, siempre con ese halo de metahistoria. De biográfico quizá o eso me gusta pensar. De personajes que son muchos siendo el mismo y frases trascendentales llenas de mala baba. Este giro de terror gótico, de horror futurista de pus caliente que se nos incrusta y entra más fácil que Nameless, borrando esa sensación del típico puñetazo estilo Grant, que te cambia toda la historia de un plumazo. Aquí, todo va cambiando sobre la marcha -literal- y no deja de cambiar hasta volver a la casilla de salida, así que ¿qué puedo sacar de aquí? Es Morrison, puedo contar mil interpretaciones y acertar en todas o equivocarme por completo. La mente de un iluminado es tan incomprendida como criticada y ver a personajes autodestructivos como posibles antihéroes no deja de ser la intención del escocés para que nosotros mismos no sepamos qué hemos leído o qué está bien a nuestros ojos.

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La depravación del escocés va hasta el final, y aunque se vislumbre un positivismo raro en él, mucha culpa tiene el tremendo trabajo a los lápices de un Frazer Irving, imponente a todos los niveles, que sabe tutear la mente enferma de Morrison en todo momento con esas formas burlonas y terroríficas, que mi compañero Marc catalogaría de fornicio vicioso y lascivo, del arte de Dave McKean y Simon Bisley. Todo lo que hayáis leído sobre este cómic se quedará corto una vez conozcáis a Ray Spass y, os sabrá a menos, cuando descubráis quién coño es Max Nomax. Aniquilación es más que una portada, más que una breve sinopsis en la contracubierta con la frase “el lugar más peligroso del mundo está en la mente de un hombre”. Nada de eso le hace justicia porque Grant Morrison es juez, jurado y verdugo de sí mismo y de todos nosotros.

Ficha técnica

Título originalAnnihilator
AutoresGrant Morrison, Frazer Irving
EditorialNorma Editorial
Fecha de publicaciónMayo 2021

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