El Labo

Por lo visto practican el amor libre y fuman droga

Como aficionados al noveno arte seleccionamos nuestras compras de varias formas. Quizá podríamos destacar la elección por autor, personaje, temática o recomendación. La satisfacción es máxima cuándo la obra que sostenemos en nuestras manos nos ha aportado un mínimo de felicidad, cuándo conectamos con ella o incluso cuándo nos hace reflexionar. Nos maravillamos ante la habilidad del guionista a la hora de narrarnos su historia o quedamos deslumbrados ante la destreza del dibujante. Entre las mil y una maneras de acercarse a un cómic hay una que me fascina, me inquieta y me emociona al mismo tiempo, la intuición. Imaginaros que sus autores os son desconocidos, que ninguno de tus amigos ha nombrado antes la publicación que has escogido. Imaginaros sin expectativa alguna ante la obra que estáis a punto de leer y cuando cerráis su última página no podéis creer que las redes sociales no estén inundadas de alabanzas ante tal trabajo. La satisfacción es máxima, te has entretenido, eres feliz y encima eres capaz de darte cuenta de que aquel regalo del azar es fruto de un largo esfuerzo, que hay una documentación y un razonamiento, un porqué, una crítica sutil que se esconde entre sus páginas, que es mucho más de lo que aparenta ser. Cuando sucede esto, la búsqueda del santo grial ha finalizado. Por fin, has vuelto a llenar ese enorme vacío, que se encuentra en el interior de cualquier gran aficionado. Sin duda, El Labo de Lucas Varela y Hervé Bourhis se ha convertido en una pieza muy valiosa de mi colección.

Lo primero que llama la atención es su portada, donde el protagonista de la historia destaca en un plano medio, con atuendo deportivo, muñequera y cinta roja en la cabeza muy a la moda de los ochenta. En sus gafas de sol se reflejan unas llamas y en su mano derecha sostiene lo que podría ser un cigarro, cosa que queda descartada rápidamente al fijarnos en el enjambre de masa cerebral que se dispersa en sus extremos, flanqueada por un pequeño arcoíris de tan solo cuatro colores.  El recuerdo del Sinclair ZX Spectrum o del legendario Apple Macintosh es inevitable. En los ochenta, explotar la imaginación de un niño era básico en el mundo de la informática. La estética del envoltorio cobraba más sentido que nunca y la atracción que eso suponía generó los beneficios, que nos llevarían a nuestro presente. Ya con más detenimiento, podríamos destacar la plataforma retrofuturista, que descansa en lo que parece ser un campo abierto, donde una niña y un adulto van corriendo en una misma dirección. La rata simulando el logotipo de Lacoste en el polo deportivo nos deja entrever una cierta crítica, la cual encontraremos en el interior de sus páginas. Para mí, la portada perfecta.

Pero pongámonos en situación. En el año 1975, el hijo de un empresario de cierto éxito dedicado a la fabricación de fotocopiadoras en Charente, Francia, finaliza su formación académica. Con una confianza absoluta por parte de su padre, éste recibe la mitad de la inversión del I+D de la empresa para crear la fotocopiadora del futuro. Jean-Yves, nuestro protagonista, es un gran aficionado a la informática, la cual se encontraba en auge en la zona de California, Estados Unidos, donde los jóvenes se entretenían realizando montajes y experimentado con todo aquello que llegaba a sus manos. Debido a esta gran afición, el joven Jean-Yves realiza un pedido de revistas a una pequeña tienda Californiana para comprobar de primera mano todos aquellos avances. “Et voilà”, al recibir el pedido, éste llega con sorpresa. Incluye una bolsa de hierba buena de la costa oeste de los Estados Unidos. Al fumársela, le hace alucinar en colores teniendo visiones del futuro, nuestro presente, donde en cada casa existe un ordenador doméstico y éstos a su vez están conectados a través de la red. Tras esta visión, Jean-Yves toma la decisión de crear a espaldas de su padre el primer ordenador doméstico conectado en red de la historia. Tan solo con esta premisa, que puedes descubrir leyendo la contraportada y observando con detenimiento su portada, ya puedes sentirte atraído por el cómic, yo sin duda estaba dentro. Pero la sorpresa, como las cosas buenas de la vida, se halla en su interior.

La obra narra los avances socioculturales desde mediados de los setenta, utilizando como trama principal la revolución informática, revistiéndola de guiños y referencias a personalidades o empresas fácilmente reconocibles. Las ramas, que brotan alrededor de su trama principal, esconden fuertes críticas sociales, tanto en el ámbito social como en el laboral. Los protagonistas están increíblemente bien construidos y se sustentan en un tono alegre gracias al maravilloso dibujo de Lucas Varela. Un gran aspecto a resaltar es, sin duda, la naturalidad con la que suceden las cosas. Sin decirnos nada explícitamente, nos veremos obligados a la reflexión, a parar un instante para sacudirnos esa sensación de alegría y diversión y decirnos a nosotros mismos: “¡Ojo! ¡Esto es muy serio!” 

No puedo decir mucho más sin estropearnos la experiencia. Tan solo un último apunte bajo mi criterio como apasionado a la historieta. ‘El Labo’ de Lucas Varela y Hervé Bourhis es una clara muestra de lo que es el noveno arte. Un trabajo artístico colectivo, pensado, trabajado y ejecutado por parte de unos autores que entienden y aman el medio. Comprar ‘El Labo’ es una obligación, no una recomendación.

Ficha técnica

Título originalLe Labo
AutoresLucas Varela, Hervé Bourhis
EditorialEdiciones La Cúpula
Fecha de publicaciónAbril 2021

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